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La asignación cultural de quehaceres domésticos a las mujeres acentúa la condición de subordinación e injusta distribución sexual del trabajo a nivel familiar, repercutiendo en su autonomía y bienestar durante su ciclo de vida.

Escrito por Zobeyda Cepeda

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Las mujeres que han dedicado su vida al cuidado doméstico en el hogar al llegar a la vejez no cuentan con una pensión de jubilación que les ayude al soporte de sus gastos, al menos a cubrir aquellos médicos.

 

La inserción laboral femenina es reciente en nuestro país, y el mayor número de ellas en el mercado está ocupado en el área informal sin garantías de prestaciones sociales.

 

Muchas que dedicaron su vida al cuidado de sus familias, sin recibir ningún tipo de ingresos, se ven obligadas a mantener los cuidados de nietos(as), personas enfermas o con alguna discapacidad para continuar contribuyendo, a pesar de la edad, al ahorro de la economía familiar. Con su trabajo ahorran el pago de esas labores a otra persona, por lo regular otra mujer.

 

Dentro de estos cuidados se podría agregar prestar atención a la ex pareja, padre de sus hijos e hijas, por causas de enfermedad y dependencia, le asignan la responsabilidad de atención: cocinarle, lavarle, plancharle, limpiarle, y fregarle. Si el hombre se ha desempeñado en el mercado informal sus niveles de ingresos a esa edad son mínimos por no contar tampoco con una pensión de vejez.

 

A este escenario se suman las emociones y sentimientos de desgaste de la mujer, por el peso de subordinación y maltratos económicos, emocionales o físicos soportados durante el tiempo que estuvieron juntos.

 

Algunas mujeres después de un tiempo de disfrutar de cierta autonomía en la distribución de su tiempo al servicio comunitario, de la iglesia o recreativo, con práctica de gimnasio o de bingo, le interrumpen la dinámica de la agenda propia con la obligación impuesta.

 

En esta situación se encuentran muchas mujeres en el país, para quienes la llamada edad oro no es más que una continuidad de lo mismo, pero con menos energías, opciones y esperanzas de cambio.

 

Se percibe como natural las tareas de cuido para los hombres, una exaltación al valor femenino, sin embargo, se encubre la dependencia masculina que crea de la mujer, y su incapacidad para ocuparse de sí mismo. Es más probable ver una mujer mayor de edad o viuda vivir sola que un hombre en su situación, pues necesita “una mujer para que lo cuide”.

 

El trabajo doméstico no remunerado invisibiliza el soporte que la mujer presta a la economía, la dependencia masculina al cuidado propio, los obstáculos de opciones a la autonomía femenina y su papel como sostén para la sobrevivencia.

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